Por Eduardo Navarro González

El llamado juicio del siglo teniendo como protagonista principal a Joaquín “El Chapo” Guzmán dejó entrever, al menos en el primer plano, que su posible sentencia perpetua no detendrá, mellará o afectará de alguna forma la inimaginable estructura delictiva que construyó y dejó detrás de si mismo al momento de su captura y posterior extradición a los Estados Unidos.

Este proceso dejò incalculable número de mexicanos vestidos y alborotados cuando en las comparecencias de testigos en contra del mexicano (muchos de ellos (as) con antecedentes delictivos) dejaron entrever la complicada red que opera el narcotráfico sinaloense.

Por deducciones de analistas nacionales y observaciones de diversas personalidades que siguieron el juicio más sonado y caro en lo que va del siglo,  más o menos un mil millones de pesos, México y sus autoridades quedaron en entredicho no solo por verse impedidos de mantener en prisión segura al hombre de 61 años de edad y 1.60 metros de estatura, sino garantizar un debido proceso y, posterior a ello, cumpliendo normas y leyes que rigen la extradición, enviarlo a las autoridades estadounidenses que lo requerían.

También hubo frustración porque de los testimonios vertidos en el juicio, nadie mas que El Chapo salió perjudicado; no hubo, al menos en las informaciones disponibles, apertura de investigaciones sobre personas que cometieron delitos graves, omisiones en el cumplimiento de su deber como autoridades mexicanas y mucho menos repercusiones contra quienes se dijo obtuvieron jugosas…multimillonarias prebendas o, dicho de otro modo, sobornos…

Así las cosas, restringiendo y cuidando el juez estadounidense del caso los datos disponibles para juzgar únicamente al sinaloense y no a quienes supuestamente le acompañaron en sus actos delictivos, detrás de El Chapo queda una estructura –como cito líneas arriba– realmente desconocida y posiblemente inconmensurable…es decir, casi imposible de medir o valorar.

Esa realidad, por sì sola, obliga a la comunidad internacional –como he citado en anteriores colaboraciones– a tomar muy en serio el trabajo unido y concertado para menguar, siquiera, el poderío del narcotráfico representado por El Chapo y también por otras organizaciones criminales que mantienen en vilo a la sociedad mexicana, más trágico y exponencial en algunos lugares que en otros porque de una cosa debe estar todo mundo seguro: ningún país, por sí solo, podrá combatir con verdadera efectividad el “narco” en toda su extensión y expansión y el tiempo lo ha demostrado así.

Pero una cosa quizá si se pueda hacer en lo sucesivo si se quiere minar a esas organizaciones criminales: impedir que se alineen màs personas de toda edad y sexo porque para nadie es un secreto que familias enteras, por el “bienestar” que les proporciona la delincuencia organizada, son concurrentes en la vigilancia, protección y participación de las diversas actividades ilícitas. En muchos casos, niños, jóvenes y adultos de ambos sexos se enlistan en esas redes por ignorancia, pobreza o ambición y ahí es donde la sociedad, más que las autoridades, debe interactuar para impedir que miles sigan cayendo en el abismo y muerte prematura segura que advierte vivir de lo ilícito. ¿O no?