Por Roberto Gil Zuarth

El resultado es demoledor. Es la mayor derrota que ha sufrido el PAN desde que se celebran elecciones libres y competidas en México. El menor número de votos en comicios presidenciales desde la cuestionada elección de 1988. La representación más pequeña en la Cámara de Diputados desde que se aumentaron a 200 los asientos de representación proporcional (1986). La bancada menos numerosa en el Senado desde que se integró por primera vez con la actual conformación de 128 legisladores (1997). El PAN retrocede a niveles de votación pretransicionales, es decir, a los que lograba con el viento en contra en el régimen autoritario de partido único. Nos salvaron de la marginalidad política los correctivos que se diseñaron en las décadas de los setenta y ochenta para abrir vías institucionales de expresión al pluralismo. El PAN regresa a los tiempos de la oposición testimonial.

Nadie puede llamarse a sorpresa por este desenlace. Los síntomas ya eran visibles. Las elecciones locales de 2015 y 2016, en las que el PAN logró importantes triunfos, generaron la falsa imagen de que bastaba la inercia para recuperar la presidencia de la República en 2018. No vimos, o no quisimos ver, que ya para ese entonces la institucionalidad del partido estaba fracturada. El PAN no era más una organización fundada en reglas estables, previsibles, ciertas. La tradición de debatir y votar en los órganos y procesos internos se sustituyó por los bloques hegemónicos, los ‘sindicatos’, las mesas paralelas que reproducen aplanadoras. La legalidad interna dejó de ser principio básico de orden en la convivencia, para usarse como látigo de dominio o de exclusión. En la ruptura del contrato social interno, de ese sentido de pertenencia que se articula en derechos, obligaciones, rutinas y prácticas institucionales compartidas, se incubaron todos los tumores que provocaron nuestra actual metástasis: la captura de los padrones, la concentración cupular de poder, la inhabilitación de los órganos de deliberación, la patrimonialización de las candidaturas, la cancelación de la pluralidad, la falsificación de la democracia interna, la persecución del disidente, entre un largo etcétera. El conflicto que se gesta en la natural competencia entre rivales de partido, dejó de tener un acicate pacificador. Sin autoridad y ley, la organización quedó a merced de ambiciones e intereses. Perdió capacidad para cohesionar a los distintos en torno a los objetivos comunes.

Pero tampoco quisimos ver que no éramos la opción clara de cambio. Le apostamos al miedo cuando el país quería abrazar una esperanza. Las últimas elecciones ya nos decían que el voto más identificado con el PAN eran los adultos mayores, los sectores de baja escolaridad y de menor nivel de ingreso. Los jóvenes no se sienten atraídos por el PAN porque, más allá de caras que les puedan parecer contemporáneas, nuestro discurso les dice muy poco sobre sus realidades y expectativas. Las clases medias no ven en el PAN la defensa inteligente de un modelo de desarrollo que les permita salir adelante con su propio esfuerzo y que compense, con bienes y servicios públicos, los caprichos de la lotería natural. No intentamos siquiera reconstruir nuestra oferta para remediar la terrible violencia que azota al norte del país, más allá del simplón deslinde a una estrategia que, por cierto, nos exige un esfuerzo serio de justificación desde la autocrítica. A pesar de la solidez de nuestro ideario y de la profundidad de las bases intelectuales de la doctrina humanista, no hemos sido capaces de poner una bandera en el debate de la desigualdad y de la preocupante deslegitimación de la democracia liberal. Como hoy carecemos de narrativa y ninguna idea nos define respecto a los otros, la apuesta por el Frente no motivó ni la mínima duda sobre los riesgos de perder identidad en el camino. Fue fácil el matrimonio por conveniencia, porque la inspiración relevante sólo era compartir gananciales.

El PAN no puede echarse una vez más al diván. La enésima comisión de evaluación, otro informe que nadie lee, nuevas recomendaciones que terminan en llamados a misa. El PAN necesita construir un proyecto que lo sitúe rápido como dique y alternativa. Una redefinición programática y una nueva arquitectura organizacional que surjan de un proceso democrático libre, justo y equitativo, en el que se contrasten diagnósticos, propuestas y, sobre todo, las narrativas que debe sostener desde el lugar que los electores decidieron para nosotros. En la competencia y en el veredicto de los panistas, no en arreglos cupulares. Si un mensaje dejó esta elección es que la democracia restaura legitimidades y fija mandatos. Porque las elecciones son el vehículo para rehacer el contrato social y resolver el curso de acción que una comunidad humana adopta. Es la forma en la que se agregan las voluntades de los distintos. El PAN necesita ir a las urnas para razonar colectivamente sus padecimientos, para renovar su destino, para convenir su ruta de acción política. Dejar el lamento inútil, las sesiones de sicoanálisis o los emplazamientos refundacionales. Convocar a los panistas a que deliberen y decidan qué partido queremos ser después del domingo.