Por Eduardo Navarro González

En la semana que termina dos campesinos (tío y sobrino) de 55 y 22 años de edad fueron golpeados, amarrados y quemados vivos frente a decenas de habitantes de la comunidad San Vicente Boquerón, en Acatlán de Osorio, Puebla.

El linchamiento fue transmitido en vivo por redes por el colectivo de personas que hicieron justicia en mano propia y visto por la madre del joven que suplicó –vía facebook—que no les hicieran daño, que no eran roba-niños como se les acusaba, pero la turba no hizo caso, simplemente arrebató a las víctimas de la policía que impotente, dicen, no pudo impedir el doble asesinato.

Esto nos remonta a los tiempos de Julio César, casi 100 años Antes de Cristo, cuando los antiguos ladrones celtas eran ejecutados y los prisioneros de guerra arrojados al fuego, o también en los tiempos de la Santa Inquisición, donde los acusados por delitos religiosos como traición, herejía y brujería, eran sacrificados vivos en la hoguera.

Así las cosas, la regresión conmociona y hace recapitular acerca no de la falta de justicia pronta y expedita porque hasta gente inocente es asesinada impunemente, sino el valor a la vida que en nuestra sociedad va en deterioro o caída libre hasta el grado de pensar que, cierta y desafortunadamente, la vida ya casi no vale nada…

Por eso y por muchas razones más, qué importante resulta en la actualidad analizar a muchísimas personas que se transforman en auténticas amenazas públicas, algunas que matan por matar y otras que matan por dinero, bienes, etc., que ya están cegadas y apagan vidas con argumentos muy lejanos al ideal de la excelencia humana y más cercanos al prototipo de la bestia apocalíptica.

Duele…y mucho, que dos mexicanos inocentes hayan sido víctimas de tan pavorosa muerte a manos de esa multitud de ejecutores e incitadores que se dieron el lujo de aplaudir su doble crimen y que ahora, seguramente, huyen del escenario del linchamiento porque las autoridades, al parecer, andan a la caza de los participantes.

Ojalá que sirva esto como parámetro para entender, de una buena vez en México que la presunción de inocencia debe prevalecer sobre el de la culpabilidad; que nadie fuera de los tribunales de justicia puede o debe pretender hacer justicia en mano propia y menos acusar sin razón o sin elementos plenamente probatorios de algún ilícito, porque quien juzga, acusa y sentencia sin ser juez incurre en falsa expectativa y, por ende, engaña todo y a todos a su alrededor.

No debemos ver esto como ajeno. Todos y cada uno de los mexicanos no podremos cambiar nada en esta caída libre en materia de justicia y valores por la vida si no lo observamos desde nuestro espacio personal, porque de una cosa estoy seguro en esta desboque criminal: que el Creador guarde el momento en que algún ser querido sea víctima inocente de un linchamiento o trato injusto como inhumano porque el dolor será tan grande que no dilataremos en tener una sociedad que practique la Ley del Talión…el ojo por ojo y diente por diente…también utilizada en tiempos inmemoriables Antes de Cristo…

No es solo el caso de Puebla, son muchos más los asesinatos impunes que ocurren en México y para evitarlos se requiere practicar como doctrina en el hogar, valores que enaltezcan la vida humana y un despertar en las familias para impedir que de ellas surjan potenciales asesinos o juzgadores sin ser jueces.