Por Eduardo Navarro González

El pasado 5 de febrero en sus diarias como acostumbradas conferencias de prensa matutinas, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, cedió la palabra a Alejandro Encinas,  Subsecretario de Derechos Humanos dependiente de la Secretaría de Gobernación, para mencionar una frase lapidaria: México es una enorme fosa clandestina…

Esto porque la administración lopezobradorista recibió un saldo de 40 mil personas desaparecidas, un mil 100 fosas clandestinas y 26 mil cuerpos sin identificar, entre otras calamidades en la procuración de justicia porque, lo citò Encinas, si bien hay avances en la actualización de leyes en la materia, simple y llanamente no se aplican. Hay (o hubo), dijo, sólo “simulación”…

También México es lugar de cientos de miles de asesinatos, ejecuciones que a lo largo de las décadas se han consumado impunemente poniendo de luto casi cualquier comunidad mexicana sin que existan componentes que permita a la sociedad en general admitir, siquiera, que esos dolorosos índices delictivos van a la baja. Al contrario, hay que tener presente que las causas de muertes y desapariciones son producto del crimen organizado cuya dimensión, sinceramente, no creo que ningún país del mundo –por sí solo– pueda abatirlo por extensión y modus operandi internacional.

Entonces y con un poco de sentido común sin restarle mérito a la intención del presidente López Obrador, ¿de dónde podremos los mexicanos sacar conclusión satisfactoria de que con una nueva Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos podría modificarse positivamente este desastre de muertes y desapariciones que ocurren en nuestro territorio…?, si nuestra Carta Magna, las leyes y normas que de la misma derivan no se cumplen a cabalidad, como observó el Subsecretario Encinas al hablar –y muy mal– de lo malo que se ha hecho y lo que se ha dejado de hacer en el caso de las desapariciones de niños, jóvenes y adultos de ambos sexos y diversa posición socio-económica…

Bueno, en tanto debaten y se desgastan los políticos en querer o no “construir” una nueva Carta Magna cuya utilidad es de pronóstico reservado, bien valdría que en casa estemos muy atentos a lo que hacen y con quienes se reúnen nuestros seres queridos de todas las edades y sexo porque si la muerte violenta de alguien es profundamente dolorosa, igual debe ser la desaparición de personas como cada mes se informa de casos en la prensa bajacaliforniana que, con suerte divina, luego son “encontradas” porque salieron de su hogar por caprichos, enojos, maltratos, cuestiones sentimentales y hasta ideales absurdos…

Hay que tomar en serio y ya lo he mencionado en esta colaboración por otros motivos: la vida humana en México –en el pasado reciente como en la actualidad– no vale nada y menos cuando sigue pendiente (hay que remarcarlo una y otra vez) que los legisladores federales reformen el Código Nacional de Procedimientos Penales para que quienes son capturados con armas de fuego o explosivos afronten sus procesos en prisión preventiva porque las utilizan sólo para matar, no para hacer uso de ellas en legítima defensa y casos abundan en el día a día a lo largo y ancho de nuestro hermoso país, pero manchado de sangre por aquí, por allá y acullá…¿o no?