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El Muro / Por Víctor Martínez Ceniceros


Mía o de nadie más: ¿Feminicidios?
 

En algún momento de nuestra evolución, un ancestro tuvo un hueso
peniano, porque ese elemento garantiza la fecundación en un ambiente
de alta competencia por las hembras. Cuando tras miles de años,  la
conducta de apareamiento se estandarizó, a breves encuentros sexuales
reproductivos con una pareja estable, el hueso desapareció
(“Postcopulatory sexual selection influences baculum evolution…”).

Lo que sigue es una lucha de victorias pírricas, de sometimiento,
sobajamiento, humillación, desprecio y muerte. El “Malleus
maleficarum”, obra de 1487, que fue el pretexto para la ominosa
cacería de brujas, define el origen del “problema”: “…hubo un defecto
en la formación de la primera mujer, ya que fue formada de una
costilla curva, es decir, la costilla del pecho, que se encuentra
encorvada, por decirlo así, en dirección contraria a la de un hombre”.

Pero, pensar en resolver de raíz el desprecio a la mujer,
criminalizando la ocurrencia de los asesinatos –rebautizando el
delito-, es una aspiración ilusa, como si la justicia punitiva, el
poderoso brazo de la ley, la pena de muerte, hubiera conseguido
terminar con el asesinato a los hombres. Es mejor, comenzar por
entender el fenómeno desde múltiples ángulos.

Si digo que la violencia es inevitable puede ofender, pero como aquí
estamos para encontrar alternativas eficaces, conviene entender que
aún conservamos mucho de lo primitivo de nuestros ancestros, que no
meditaban sus decisiones ante lo que les incomodaba, por ejemplo, en
“Inter-group violence among early Holocene hunter-gatherers…”, un
grupo de científicos analiza la sañosa matanza de 12 personas,
ocurrida hace 14 mil años, entre las que se encontraban 5 mujeres, una
de ellas, embarazada.

Por si fuera poco, debemos sumar el análisis del comportamiento
cerebral: ¿En verdad somos diferentes hombres y mujeres, los cerebros
son distintos, influye eso en el maltrato? Los autores de “The
Genetics of Sex Differences in Brain and Behavior”, confirman las
diferencias, pero advierten que no justifica la discriminación. Por
ejemplo, el hombre tiende a ser más agresivo, la mujer a reaccionar
violentamente ante los insultos, más que ante la hostigamiento físico
(“Gender Differences in Aggression as a Function of Provocation…”).

La tarea de la ciencia es abrir ventanas, en “Sex Differences in Sex
Drive, Sociosexuality, and Height across 53 Nations…”, queda claro que
el sometimiento de la mujer es un asunto sociocultural, que arranca
desde el hogar (“mi’ja tu hermano tiene hambre, sírvele” ¿le suena
familiar la frase?) y aunque diferentes, ambos cerebros pueden
ajustarse en planos cooperativos, como en el cuidado de los hijos
pequeños (“Double duty for sex differences in the brain”).

El maltrato a la mujer es algo serio, que trasciende los tristes casos
difundidos por la prensa (en el libro de Sergio Haro “La vida en rosa”
puede leer una magistral narración; si quiere ahondar, lea “Crimes
Against Women…” o “Femicide: The politics of woman killing”, ambos
compilados por Diana Russell) pero que también supera la triste forma
en que intentan resolverlo.

vicmarcen09@gmail.com

Fecha de publicación: 21-01-2018


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