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Pepe Enrique Meade Peña


Por Martín Moreno

“Peña no está en la boleta electoral…”, dijo José Antonio Meade hace unos días, al reunirse con periodistas de El Heraldo de México. Ese es el profundo conflicto interno del candidato del PRI a la Presidencia: creer, e intentar hacer creer a todos, que el factor Peña Nieto no jugará el próximo uno de julio. Se equivoca.

¿Estará Enrique Peña Nieto en la boleta, mediante el imaginario colectivo, a la hora de votar?

¡Por supuesto que Peña estará presente!

¿Estará Enrique Peña Nieto en la boleta, evaluado y juzgado por millones de mexicanos al emitir su sufragio? ¡Por supuesto que estará presente!

¿Estará Enrique Peña Nieto en la boleta, seguramente recibiendo un marcado “voto de castigo” del electorado al cruzar las opciones? ¡Por supuesto que estará presente!

Meade ya debería saber, a estas alturas, que toda elección presidencial es, a querer o no, un referéndum, por inercia política y por juego de poderes, sobre cualquier gobierno saliente, y que el electorado también basa sus decisiones – más allá de sus preferencias políticas o pasiones personales-, en la inevitable calificación sexenal del gobierno que está de salida y que repercutirá, para bien o para mal, en el candidato del partido en el gobierno. Esa es una ley política universal.

Pero Pepe Meade – como lo han rebautizado sus propagandistas de campaña para hacerlo “más pueblo”-, parece ignorar esa máxima: la influencia, negativa o positiva, que todo Presidente en turno ejerce sobre el candidato que eligió para tratar de relevarlo en Los Pinos. Seamos claros: Meade es candidato del PRI por dedazo directo de Peña Nieto, aunque inducido por el poder tras el trono: Luis Videgaray.

Meade lleva en la frente, tatuado, el nombre de Enrique Peña Nieto, lo quiera o no aceptar. A él – y al Vice-garay-, les debe la candidatura presidencial. Y eso lo sabemos todos, como sabemos también que este factor jugará inevitable en la próxima elección presidencial.

Mientras no asuma dónde está parado, quién lo puso ahí y las consecuencias de haber aceptado una candidatura sostenida por la corrupción, la antidemocracia y el presidencialismo absoluto, Pepe Meade seguirá como hasta ahora: hundido en una aventura política cada vez más desangelada y directa al precipicio.

Anclado en un bien ganado tercer lugar.

*****

Meade sabe, sin duda, que Peña Nieto está catalogado como un Presidente corrupto. En México y en el mundo. Meade no es un tonto. Y precisamente de allí nace su profundo conflicto interno.

¿Cómo deslindarse de una figura tan desprestigiada, a la cual se le debe la candidatura?

De momento, imposible.

El deslinde debió haberlo hecho Meade desde un principio, en privado ante Peña y luego públicamente: “Lo primero que haré será deslindarme de tu gobierno, o de lo contrario, no acepto la candidatura…”, debió decirle Meade a Peña Nieto. De hecho, tenía la sartén por el mango: sabía perfectamente que cualquier priista – Osorio Chong, Nuño, Beltrones, Ruiz Massieu o el que fuera-, iría directo a la derrota electoral por el enorme descrédito que tiene la marca PRI y personalmente, la marca EPN, y que él – Meade -, era la opción más viable para intentar siquiera ganarle a AMLO.

Luego, ante las fuerzas vivas priistas, desmarcarse públicamente del gobierno de Peña Nieto con un mensaje claro dirigido a millones de electores: “No seré el candidato que         oculte la corrupción del gobierno. Investigaré a quien se deba investigar. Soy candidato externo y mi compromiso es con México…”, debió haber dicho Meade. O algo por el estilo. “Yo no soy Peña”, o algo así.

Pero Meade no lo hizo. Fue cobarde. Muy cobarde al aceptar, sin ningún condicionamiento, una candidatura manchada por la corrupción del gobierno peñista. Le ganó la ambición por encima de la ética.

Y ahora, allí están las consecuencias: un candidato sin estrategia, desabrido, descolorido y manejado desde Los Pinos.

Meade sabe también que representa a un partido de corruptos, de los cuáles debió, igualmente, haberse deslindado desde un principio. Pero no lo hizo. Prefirió correr a abrazar al emblema de la corrupción priista: Romero Deschamps. Echarse a los brazos del viejo sindicalismo cetemista. Arropar a los Gamboa Patrón y compañía.

¿Haberse deslindado de Peña y del PRI le hubiera costado a Meade no ser candidato a la Presidencia? Seguramente. Empero, habría mantenido intacta la etiqueta y prestigio de funcionario eficiente y honesto, anteponiendo su trayectoria al propósito político. Tampoco lo hizo.

Hoy por hoy, Pepe Meade está ungido como la tapadera de la corrupción peñista-priista.

Esa es su carta de presentación.

*****

Si este día Meade se deslindara de la corrupción Peña-PRI, ya sería demasiado tarde. Se le escaparon dos cosas: la oportunidad y el tiempo.

Oportunidad, para dejar en claro, desde el principio de su aventura electoral, que no sería tapadera de ningún priista, incluido el Presidente de la República.

Tiempo, porque estamos a solamente dos semanas de que formalmente arranquen las campañas electorales, y si no lo hizo de entrada, le será imposible hacer el deslinde necesario sobre la marcha. Se le agotó el reloj de arena.

Y en todo caso, ¿quién le creería ya a Pepe Meade si ahora se deslinda de Peña Nieto cuando lo ha aplaudido públicamente, enaltecido a la primera provocación y pregona incluso que México le debe mucho al PRI?

¿Quién le creería hoy a Pepe Meade? Yo no.

No sé usted, lector.

 

@_martinmoreno

FB / Martin Moreno

Fecha de publicación: 14-03-2018


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