Por Pablo Hiriart

Al rosario de mentiras del gobierno que llega en unos días, hay que agregar una nueva: viene otra consulta fuera de la ley, para definir el Tren Maya, pese a que habían prometido que la del aeropuerto sería la última.

No hay manera de creerles.

Mienten compulsivamente, sin necesidad alguna.

El presidente electo parece empeñado en dejar mal parados a los miembros más sensatos de su equipo.

Lo que no calibra es que el perdedor es él, porque es imposible creer en la palabra de su gobierno, que en los hechos ya empezó a funcionar.

Apenas el día uno de este mes, el líder de los diputados de Morena, Mario Delgado, dijo que la consulta sobre el aeropuerto sería la última que se haría con restricciones y al margen de la ley regulatoria.

Cuatro días después, este lunes, López Obrador anunció a los medios que en diciembre se hará la consulta sobre el Tren Maya.

¿Ahora se va a hacer con legitimidad?

“Esta consulta se va a hacer antes de la reforma (al artículo 35 de la Constitución), la vamos a hacer de la misma manera (que la del aeropuerto)”.

Los reporteros le insistieron en el tema de la legitimidad, a lo que contestó: “No, porque necesitamos terminar el tren en tres años”.

Y agregó: “Los que no quieren la consulta, los que no quieren la democracia, con todo respeto, piensan que somos incongruentes, o que si vamos a pedir consultas para unas cosas y otras no. Pues ya que se vayan preparando, porque siempre va a haber consulta cuando lo solicite la gente”.

¿Cuándo lo solicita la gente? Sólo él lo sabe y lo anuncia, pues posee un don que interpreta el pensamiento del pueblo.

Ahora, ¿qué autoridad tiene el líder de la mayoría de los diputados después de semejante desmentido?

Ninguna. Con sentido común, Mario Delgado dijo la semana pasada que “todas las consultas que se hagan de aquí para adelante, de las decisiones más relevantes del país, cuando así se decida, tendrán que apegarse necesariamente a la ley que regula las consultas populares”.

Sí, cómo no. Cuatro días duró la credibilidad del coordinador de los diputados de Morena.

El que manda es López Obrador, sólo él, nadie más.

Y cambia de opinión cuando le da la gana, porque percibe lo que el pueblo quiere.

Miente, como ocurrió con la carta de Macron y de la empresa francesa que según él había dado luz verde al aeropuerto en Santa Lucía.

Lo que vemos –y es más que preocupante– es una prematura declaración de guerra de López Obrador y los sectores más radicales de su entorno contra los moderados del próximo gobierno.

A Alfonso Romo, Esteban Moctezuma, Mario Delgado y otros que me abstengo de mencionar los van a usar y los van a desechar.

Eso está cantado. Lo que sorprende es que los desautoricen con tanta rapidez.

¿Qué credibilidad puede tener ante los empresarios la palabra de Alfonso Romo, un hombre bien intencionado, que no busca dinero sino sólo ayudar en el cambio?

Cero. Fue Romo el que les dijo a los empresarios que no se preocuparan, pues el aeropuerto en Texcoco seguiría.

¿Los engañó o lo engañaron a él?

Obviamente lo engañaron a él, pues no tenía necesidad de mentir a los empresarios. Y eso que es el jefe de la Oficina del presidente (electo).

Esteban Moctezuma había dicho que de la reforma educativa se iba a rescatar lo que fuera positivo.

Y la respuesta fue que “de la reforma educativa no quedará ni una coma”, en voz del propio Mario Delgado, que se encargará de derogarla en el Congreso.

Ese gobierno arranca con el signo del pleito interno y la mentira como divisa. Mala señal.

Hace unos días el próximo canciller, Marcelo Ebrard, dijo que el aeropuerto en Texcoco se había cancelado por motivos económicos.

¿Sí? Se pierden, entre dinero tirado y finiquito de contratos, más de 120 mil millones de pesos. Y para terminarlo faltan 80 mil millones de pesos.

O sea que para ahorrar 80 mil millones tiramos a la basura 120 mil millones… de una obra altamente redituable.

A ese gasto hay que sumar lo que se tiene que invertir en Santa Lucía, y en Toluca.

No hay lógica económica. Ni de ningún tipo.

Sólo hay autoritarismo, mentiras, obediencia ciega y un porvenir obscuro.