Por Pablo Hiriart

Esta semana Porfirio Muñoz Ledo entregará la banda presidencial a Andrés Manuel López Obrador, con lo que se restaura el presidencialismo absoluto en México.

Sí, Porfirio, el que en septiembre 1997 declaró sepultado para siempre el presidencialismo, cuando el partido del presidente dejó de ser mayoría en el Congreso.

Como José Fouché, que condenó a la guillotina a Luis XVI en nombre de la República, y veinticinco años después le entregó la corona a su hermano, Luis XVIII.

El regicida que regresó al rey al Palacio de las Tullerías.

Porfirio lo hará en San Lázaro. Es nuestro Fouché, el duque de Otranto.

Diazordacista con Díaz Ordaz, lo defendió con encendido discurso después de la matanza de Tlatelolco. Luego pondría en letras de oro, en la Cámara de Diputados presidida por él, al Movimiento Estudiantil de 1968.

Presidente del PRI en la campaña de José López Portillo, cuando éste era el único partido con candidato a la presidencia de la República.

Años más tarde, en nombre de la democracia, juró acabar con el PRI porque el dedo del presidente Miguel de la Madrid apuntó a un candidato que no era el suyo.

Fundó y presidió el Partido de la Revolución Democrática, al que renunció porque el candidato presidencial en 2000 fue Cuauhtémoc Cárdenas y no él.

Dejó el PRD para irse al PARM, que lo hizo su candidato presidencial en ese año.

Se fue del PRD como candidato presidencial de otro partido para quitarle votos a Cárdenas, sin el cual su carrera política se habría acabado cuando Gran Bretaña le negó el beneplácito para ser embajador en Londres.

Y cuando vio que no tenía posibilidad alguna de ganar la Presidencia, dejó tirado al PARM, lo hizo perder el registro: brincó al carro ganador de la candidatura de Vicente Fox.

Foxista con Fox, se fue como su embajador ante la Unión Europea hasta que el entonces presidente comenzó su debacle.

Porfirio lo abandonó, tiró la embajada y se vino al país como un enemigo acérrimo del guanajuatense.

Ya de regreso en México, Porfirio buscó y encontró el regazo de Arturo Montiel, estrella ascendente del priismo, hasta que cayó en desgracia.

Nunca tuvo una palabra pública de defensa o gratitud hacia el mexiquense que lo rescató del ostracismo.

Después, a maquinar sediciones y fallidos derrocamientos contra el presidente, pues ya se había pasado al equipo de Andrés Manuel López Obrador.

A él le impondrá el sábado la banda tricolor de los presidentes de México.

Ése es Porfirio Muñoz Ledo. Un artista de la traición. Como José Fouché.

Dice Stefan Zweig, en su biografía de Fouché, que “pocos habrán cavado más laboriosamente la tumba definitiva de la República que José Fouché, el de Nantes, el ex diputado de la Convención, el ex presidente del Club de los Jacobinos, el “mitralleur Lyon” (asesino a destajo, en nombre de la República, de sacerdotes, y destructor de iglesias en esa ciudad), el enemigo de los tiranos, antaño el más republicano de todos los republicanos”.

Fouché fue sacerdote, y después los fusiló. Presidente del Club de los Jacobinos, y luego lo clausuró (con lo que, simbólicamente, puso fin a la Revolución Francesa, que inició). Aliado de Robespierre, al que llevó a la guillotina. Girondino, a los que traicionó. Termidorista, a los que traicionó. Abandonó a Barras –quien fue su salvador. Abandonó al Directorio, del que formó parte. Traicionó a la República, al Consulado, a Napoleón…

Regresó al catolicismo cuando le convino.

“El que un cuarto de Siglo antes destrozaba con su propia mano los crucifijos de los altares, se arrodilla ahora, humillada la cabeza blanca, ante ‘los emblemas ridículos de la superstición’” (pág. 262 Editorial Época).

Ese fue Fouché. Un genio de la traición. Como Muñoz Ledo.

Sí, el que en el Palacio de San Lázaro, engolada la voz y estudiada la postura, declaró en 1997 el fin del presidencialismo, este sábado entregará, en el mismo Palacio, la banda que reinstaura en México el poder absoluto del presidente y su partido.

Como Fouché en las Tullerías.