Por Pablo Hiriart

A cien días del arranque del gobierno de Andrés Manuel López Obrador hemos tenido aspectos positivos, negativos y desagradables.

O para decirlo en el lenguaje del magistral Sergio Leone, existe lo bueno, lo malo y lo feo.

Lo bueno: en estos cien días no ha habido persecución política de carácter penal hacia los opositores del proyecto presidencial, y la libertad de expresión goza de cabal salud.

Apenas van cien días, es cierto, pero la realidad es esa: las libertades no han sufrido menoscabo alguno.

López Obrador le ha dado la vuelta al ánimo social y hoy tenemos una población optimista con respecto al presente y a su destino. Entre el 67 y el 80 por ciento de los ciudadanos aprueban la gestión gubernamental.

Presentó un presupuesto razonable que no provocó ni fuga de capitales ni una caída del peso con respecto al dólar. La estabilidad financiera es un hecho.

La inflación está controlada y en el corto plazo no hay nada qué temer en ese renglón.

Incluso el pronóstico de inflación fue rebasado positivamente y mantiene una tendencia a la baja. No hay motivo a la vista para que suban las tasas de interés.

Sus dos propuestas para el Banco de México distaron mucho de recaer en personas subordinadas o sin criterio propio: Jonathan Heath y Gerardo Esquivel.

De acuerdo con el INEGI, citado el miércoles en estas páginas por Víctor Piz, la confianza del consumidor se disparó 42.1 por ciento en febrero, lo que constituye un máximo histórico.

Ya había crecido en diciembre a 22.9 por ciento anual, en enero repuntó a 32.8 y en febrero tocó las nubes de un 42.1 por ciento anualizado.

Es decir, existe un buen ambiente y plena confianza en que la situación económica va a mejorar. Con base o sin ella, lograr esa percepción positiva es el sueño de cualquier político. López Obrador lo alcanzó en cien días.

En el Congreso su proyecto de Guardia Nacional fue aprobado por la unanimidad de sus integrantes.

Morena pudo haber sacado una reforma con la división de los partidos, con voto fraccionado y fórceps en la Cámara alta, pero ahí en el Senado hubo la capacidad de lograr que todos cedieran y todos aportaran.

No es un asunto menor. Alcanzar plena coincidencia para ayudar a atacar el principal flagelo que padece el país, la inseguridad, habla de la lealtad con que cuenta el Presidente de parte de los partidos políticos de oposición cuando de por medio está el interés del país.

Si funciona o no funciona la Guardia Nacional es otro tema. Pondrá a prueba la capacidad de sus operadores, pero es distinto a no tener herramientas para actuar.

López Obrador se deshizo de símbolos ostentosos y ofensivos del poder.

Los funcionarios no estacionan sus camionetas blindadas en la plancha del Zócalo, junto a los cinturones de clase media baja que rodean el corazón de la ciudad.

Tampoco se usan los helicópteros oficiales para el solaz y esparcimiento privado de nadie.

Hasta ahora no ha habido un solo acto de frivolidad del jefe del Ejecutivo que tengamos que reprocharle, ni excesos que agravien a la ciudadanía.

Muchos de los cambios de forma impresos en estos cien días serán irreversibles, para bien.

El Presidente ha logrado un gran respaldo de la población, y eso le da prácticamente carta blanca para hacer crecer a México sin pelearse prácticamente con nadie.

Pero, cuidado con los triunfalismos, porque ese poder también puede servir para lo malo y para lo feo, como veremos mañana y el miércoles.