Por Martín Moreno

+ Bravata y disculpa presidencial

+ Los arrebatos de Felipe

El pleito no es nuevo ni sorprendente. En público y en privado, Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón se han mostrado los colmillos y cruzado acusaciones virulentas. Algunas, con fundamento. Otras, simples descontones callejeros.

Sin embargo, la reyerta verbal que hoy enfrentan, no puede minimizarse ni, mucho menos, ignorarse. AMLO es Presidente y Calderón ex Presidente. Ambos, como todos los políticos del mundo, con sus pros y contras. La diferencia, ahora, es que sus pleitos repercuten directamente en el ánimo público y abonan a la cada vez más evidente y dolorosa discordia nacional a la cual, tanto Andrés como Felipe, han contribuido sin ningún pudor ni recato.

“Coyote, corrupto…”, acusó AMLO a Calderón.

“Si tienes pruebas, muéstralas; y si no, mejor guarda silencio”, le respondió Felipe. “Eres un Presidente que se empeña en dividir a los mexicanos y en calumniar a algunos…”, le espetó.

“Le ofrezco disculpas…”, intentó cerrar el caso AMLO.

Demasiado tarde.

El presidente de México quedó como bravucón. ¿Por qué? Porque si había alguna denuncia concreta y comprobada en contra de Felipe Calderón por haber trabajado indebidamente en la empresa Avangrid – ligada a la española Iberdrola, que recibió millonarios contratos durante el sexenio calderonista para la generación de energía-, sencillamente se hubiera presentado formalmente y con pruebas suficientes ante las autoridades para que se investigara a fondo, y de existir algún delito, se procediera penalmente en contra del ex mandatario mexicano. Fue una acusación grave y como tal, se tenía que haber comprobado y denunciado por la vía penal.

Pero AMLO no lo hizo así, y finalmente tuvo que ofrecer disculpas a Felipe Calderón.

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Por supuesto que en esta columna la última intención sería defender a Felipe Calderón. Hemos sido particularmente críticos con la actuación del ex presidente. (Ver nuestra columna “Salinas, Fox y Calderón: tres tristes tigres”, del 14/11/2018, y las críticas porque durante su gobierno, FCH poco o nada hizo en contra del huachicoleo). Que el panista asuma su responsabilidad histórica.

Empero, las acusaciones a la ligera tienen costos de imagen y en ocasiones, hasta del orden legal, sobre todo, si provienen de la boca del Presidente de México. Son palabras de fuego y siempre conllevan el riesgo de quemar a quien las utiliza de manera imprudente.

Lo cierto, es que tras acusar en su conferencia mañanera a Calderón de “conflicto de interés, coyotaje y corrupción” (graves de sí, principalmente si salen de boca del Presidente) por haber formado parte del Consejo de Administración de Avangrid, AMLO cayó en un error elemental: quien acusa, está obligado a comprobar, y el tabasqueño ni lo ratificó públicamente ni lo pudo comprobar legalmente. Tanto, que acabó ofreciendo disculpas públicas.

¿Y por qué no pudo comprobarlo AMLO?

Porque resulta que nuestras leyes prohíben a cualquier ex presidente mexicano trabajar en alguna empresa durante el primer año posterior a la terminación de su cargo para evitar el conflicto de interés y, en este caso, Calderón aceptó la invitación de Avangrid cuatro años después de que dejó la presidencia de México. Luego entonces, no existía tal conflicto.

AMLO olvidó otra máxima: el que expone, se expone.

Y entonces, Calderón no solo le pidió callarse si no ofrecía pruebas, sino que lo exhibió donde más le duele: en la opacidad de sus ingresos:

“Le pediría a AMLO platicar en Palacio Nacional, en un debate por televisión o en alguna de sus mañaneras, para hablar de nuestros patrimonios personales y de nuestras fuentes de ingreso. Si yo recurro a una empresa es porque necesito trabajar, y sin violar la ley ni con actos de corrupción, y que él me explique también de qué ha vivido tantos y tantos años; me gustaría saber con qué empresas ha trabajado, de qué ha vivido. ¿Cómo es posible que tenga lo que tiene: los coches y las casas, que pague consultas y escuelas privadas de sus hijos con doscientos pesos en la cartera? Hay muchos mexicanos que trabajan de sol a sol, que ganan doscientos pesos diarios y no les alcanza ni remotamente para pagar la casa en la que vive el Presidente, ni sus coches ni sus consultas ni los colegios. Me gustaría saberlo…”.

Ayer martes, AMLO rechazó debatir públicamente con Calderón.

Y acabó ofreciendo disculpas.

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AMLO y Calderón polarizan y, por tanto, dividen. Son rivales por naturaleza política.

Por supuesto que nadie quiere un Presidente callado o sumiso. Cómplice. No. De ninguna manera. Pero sí, uno que cuando acuse, lo haga con responsabilidad, no con bravatas.

Y lo más grave es el daño que le hacen a la cada vez más ensanchada división entre mexicanos: los que a rajatabla están a favor y en contra de AMLO, bajo una polarización profunda y que marca una distancia insalvable entre clases sociales. Los ricos y los pobres. Los buenos y los malos. Los fifís y los chairos.

Con discusiones de este nivel – arrabaleras, vulgares-, absolutamente nada se ganará. Si se va a acusar a un ex Presidente de conflictos de interés, coyotaje o corrupción, que se haga con las pruebas en la mano, de manera legal y profesional, y si hay culpabilidad, que se le castigue con severidad. Sin miramientos.

De lo contrario, se tomarán como simples escupitajos mañaneros, y la palabra presidencial perderá valor.