AMLO y la reproducción de las élites

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Por Fernando Núñez de la Garza Evia

Alta inseguridad, mayor rezago educativo, crecimiento en carencias de salud, proyectos de infraestructura inservibles y, sobre todas las cosas, una intentona autoritaria que destruiría la democracia en el país. A pesar de todo, el presidente de la República goza de altos niveles de popularidad, mientras las élites se rascan la cabeza. Sin embargo, la popularidad presidencial tiene, vaya, mucho sentido.

El reconocido intelectual conservador, David Brooks, recientemente publicó un artículo en The New York Times titulado “¿Y si nosotros somos los malos aquí?” (What if We´re the Bad Guys Here?), en donde hace un gran ejercicio de empatía. A pesar de ser un férreo crítico de Trump, se pone en los zapatos de casi la mitad de los estadounidenses para entender por qué, a pesar de lo impresentable que resulta Trump, es nuevamente un serio contendiente a la presidencia. Brooks se tiene que quitar los ropajes de las élites para ponerse aquellas del norteamericano común y ver así el mundo a través de sus ojos. Y lo que observa bien podría aplicarse también a nuestro país y los mexicanos.

Las élites ven hacia abajo a aquellos que apoyan a Trump y López Obrador, armando historias en sus cabezas que son un “monumento a la autosatisfacción de las élites”, comenta Brooks. La historia de la llegada de AMLO al poder comienza en alguna medida con el arribo de la democracia, cuya promesa esencial era lograr mejores estándares de vida para la población. Sin embargo, “los miembros de nuestra clase siempre están hablando públicamente por los marginados, pero de alguna manera siempre terminamos construyendo sistemas que nos sirven”, dice el autor. Uno de esos sistemas es la meritocracia, la cual se reproduce a través de las universidades de prestigio: los mexicanos del ITAM o la Ibero vienen de clases altas, conocen ahí a mexicanos de su misma clase con quienes también se casan, entran a los mejores trabajos del mercado y, así, la riqueza y el privilegio se transmiten de generación en generación.

Mientras los “itamitas” gobernaban durante dos sexenios panistas y uno priista, la pobreza y desigualdad se mantuvieron básicamente iguales. López Obrador, tan solo de 2020 a 2022, disminuyó la pobreza, pobreza extrema y desigualdad de manera considerable, “haiga sido como haiga sido”. Más aún, López Obrador reproduce las maneras de una parte importante de la población: como comenta el encuestador Alejandro Moreno, mientras el 80% de la gente que se identifica como “pueblo” apoya al presidente, el 50% que se define como “ciudadano” lo hace. Y por ello, no resulta raro que, mientras que la población mexicana más vulnerable apoya más al presidente –mujeres, de mayor edad y menor escolaridad–, aquella más identificada con las élites –hombres, jóvenes y adultos, y con estudios universitarios– lo hacen menos.

“La historia es un cementerio de clases que han preferido los privilegios de casta al liderazgo”, cita David Brooks al sociólogo E. Digby Baltzell. ¿La casta mexicana se dará cuenta finalmente?

@FernandoNGE

fnge1@hotmail.com

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