Por Rubén Cortés

Fue una jornada infeliz, para los organizadores, el primer día de la consulta para decidir si continúa la construcción del NAIM o se habilita la base militar de Santa Lucía como terminal aérea: plumones cuya marca se borra en las boletas, posibilidad de votar hasta cuatro veces, la app inservible…

Pero lo peor es el desastre que significa para la democracia mexicana: la votación acepta a sólo dos millones de mexicanos de los 89.1 millones que integran el padrón electoral, excluye al Instituto Nacional Electoral y el voto no es secreto ni tiene garantías de ser respetado.

Y, lo más inquietante: no existe una institución donde puedan dirigirse los ciudadanos para impugnar los resultados.

A cuatro meses de la elección más copiosa de nuestra democracia, y la única no impugnada desde 2006… hemos regresado, como en una diabólica máquina del tiempo, a antes de 1993.

Ese año, el Congreso autorizó al Instituto Federal Electoral a validar las elecciones, expedir constancias de mayoría a los ganadores y establecer topes a gastos de campaña, para asegurar imparcialidad, certeza, transparencia y legalidad a los comicios elecciones federales.

Vamos, el retroceso no es ni siquiera a 1988, cuando “se cayó el sistema” durante la elección presidencial. En 1988 por lo menos “había” sistema. Lo paradójico es que esta consulta es organizada por los que en 1988, 2006 y 2012 se quejaron de fraude electoral.

En cambio, hoy no sólo organizan y validan una consulta espuria, sino que la consideran la máxima expresión de la democracia, porque desconfían de la institución electoral que empezó a funcionar en 1993, a reclamo de ellos mismos, y reformada en 2014, también a reclamo… de ellos mismos.

La consulta acaba el domingo y cuenta con centros de votación instalados en calles y plazas de 538 de los dos mil 458 municipios que existen en México, con un descontrol exorbitante, al extremo de que la marca en el pulgar de quienes votan se cae en medio minuto con agua y jabón.

¿Por qué? Porque, para ahorrar dinero, los organizadores se rehusaron a utilizar la tinta indeleble obligatoria en cualquier votación de una democracia. En su lugar, usan violeta de genciana, cuya mancha se quita hasta con agua sola y un trapo.

Se trata de un ejercicio ordenado por el Presidente electo, en la idea de abaratar el costo de la democracia porque considera que es muy cara: “No es el INE, ahí sí se necesitan costales de dinero. Y así se respeta la voluntad de los ciudadanos, no se hace trampa”.

Sin embargo, el mensaje real, duro y directo de esta consulta aeroportuaria es que estamos viviendo el preámbulo de…

La votación a mano alzada en la plaza pública.