Por Pablo Hiriart

Hace poco más de un mes le pregunté a un ex titular de Hacienda (que no es Meade) qué opinaba de Carlos Urzúa para ese cargo. “Muy bueno, sabe, pero tiene un defecto” .

-¿Cuál?

-Es demasiado buena persona para ser secretario de Hacienda.

Con todo y la bonhomía que se le reconoce, Carlos Urzúa tiene la tarea más complicada del gabinete y la que demanda mayor carácter: decirle todos los días que no al presidente de la República.

Ese es, quizá, el trabajo más duro de un secretario de Hacienda.

La inercia de la nueva presidencia apunta a realizar cambios deprisa, algunos sin reflexionar sobre el impacto en la economía y en los mercados, y el titular de Hacienda tiene que velar por el gradualismo del proyecto sexenal para no descarrilar la máquina.

Es Urzúa el integrante del gabinete que ha evitado una crisis económica y que el gobierno lopezobradorista no sea catalogado internacionalmente como abiertamente populista en lo económico.

“El hombre más sereno de AMLO”, dice la espléndida portada de Bloomberg Businessweek México de esta quincena, que ofrece una entrevista con el titular de Hacienda.

Por eso los riesgos para la economía del país no están en el flanco hacendario, sino en otros ámbitos.

Hay desconfianza de los inversionistas internacionales por la falta de claridad en el proyecto del “nuevo Pemex”, y el desconocimiento de la industria que tienen los nuevos directivos de esa “empresa productiva del Estado”.

Si le bajan la calificación de la deuda a Pemex, la economía va a padecer y las consecuencias serían graves.

Otro gran riesgo está en que la nueva composición del Congreso de Estados Unidos frene la ratificación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte recientemente negociado y acordado con la administración Trump.

Se trata de un factor de componente externo, pero preocupa el inmovilismo de las secretarías de Relaciones Exteriores y de Economía para hablar con los congresistas demócratas y convencerlos de que, en su pleito a muerte con Donald Trump, no dañen a su propio país ni a México.

Cuando Trump ganó la presidencia teníamos la amenaza de que cumpliera su principal propuesta de campaña: cancelar el “peor tratado comercial que Estados Unidos haya firmado”, el TLCAN con México y Canadá.

Se hizo el trabajo, se invirtió tiempo y talento para convencer a gobernadores de estados beneficiados con el TLCAN de que presionaran para mantenerlo. Se cabildeó con los cercanos de Trump para que le hicieran entender a su jefe que era mejor renegociar el acuerdo que liquidarlo.

Eso fue lo que ocurrió y al final los cambios no perjudicaron gravemente a México y el presidente de Estados Unidos se quedó satisfecho porque se le puso otro nombre al acuerdo.

Negociar con los demócratas, me imagino, debe ser mucho más fácil que hacerlo con un antimexicano furibundo como Donald Trump. Y esa tarea no se está haciendo, al menos no que se sepa.

El otro gran riesgo para la economía son las inercias populistas y estatistas del partido gobernante, que cuando se han plasmado en iniciativas asustan a las inversiones, golpean al peso y nos ponen a bailar en la cuerda floja.

Son iniciativas de personas muy cercanas al presidente, y alguien le explica a él todos los días que no se debe gastar más de lo que se tiene, que no se puede acelerar de manera artificial la economía, y que pelearse con los inversionistas es una mala idea.

Ese funcionario, cuyo trabajo es decirle a diario que no a su jefe, es Carlos Urzúa, y lo ha hecho acertadamente.

Incluso ha optado por el realismo y puso una meta mucho más baja de crecimiento de la economía, que en campaña se ofreció a un promedio de cuatro por ciento. Eso será, dijo Urzúa, en la segunda parte del sexenio.

Le pregunté a mi amigo –hace más de un mes–, el ex secretario de Hacienda, si en el primer año de este gobierno creceríamos a cuatro por ciento.

-No. A uno-, me dijo.

En fin, veremos. Si este gobierno no destruye la economía, logra bajarle varios grados a la corrupción, aminora la inseguridad y disminuye unos puntos la pobreza, saldremos ganando todos.

Carlos Urzúa es pieza clave en varios de esos propósitos.