“Idiome inclusive”

Nuestro idioma, guiado por una mano invisible o un genio omnipotente,
tuvo un progreso extraordinario que terminó por convertirlo en una
herramienta eficaz: Hace siglos, al instrumento con el que tomamos la
sopa se le decía la cuchar, el plural era las cuchares.

Existe una corriente radical del movimiento feminista, que aboga por
la inclusión de lesbianas, gays, trans y bisexuales a través del
lenguaje, para lo cual proponen que la letra “e” funcione como un
elemento integrador, porque “todes les muchaches son iguales”, hay
otros que sugieren el uso de una equis, “todxs lxs muchachxs son
iguales”.

Ambas propuestas, aunque respetables, suenan forzadas a diferencia de
aquella que nació casi natural a partir del signo arroba popularizado
desde los 90’s por el e-mail, que puede ser interpretado
simultáneamente –evitando la confusión- como una “a” y una “o”, “tod@s
l@s muchach@s son iguales”.

Sin embargo, ninguna de las opciones es tomada en serio por la Real
Academia Española de la Lengua, bajo el hecho de que el castellano
jamás ha tenido modificaciones repentinas por la presión de un grupo,
sino que ha sido gracias a un largo proceso en el que cada nueva voz,
es sometida -digámoslo así- a una prueba de resistencia, para decidir
si es aceptada.

Nadie dice que los cambios sugeridos están condenados al fracaso, pero
lo más probable es que se conviertan en la forma de comunicación
exclusiva de un grupo, a la espera de que el tiempo permita descubrir
si existe algo que valga la pena considerar. Todo indica que al genio
manipulador del idioma, no le importa la aparente influencia de las
redes sociales, ya que ha permanecido incólume –sin lesión alguna-
ante el surgimiento de nuevas tecnologías sobre todo la más
importante, la imprenta.

Fue la búsqueda de orden (no había consigna machista), lo que llevó a
definir que toda voz terminada en a y sin acento, fuera femenino, en
el otro caso, palabras terminadas en o y sin acento, aplica el
masculino. De los primeros ajustes tolerantes fue aceptar “la mano”,
ya que de acuerdo a la regla dominante, debería ser “el mano”. Pasaron
siglos para que “la infanta” fuera aceptada, de ahí llegaron la
presidenta, la gerenta, mi parienta (recomiendo leer “El genio del
idioma” escrito por Alex Grijelmo”).

Cualquier cantidad de profesiones u oficios que terminan en a, no
pueden ser cambiadas a o, sin que eso implique un problema para los
ejercitadores: Policía, guardia, pediatra, dentista, electricista,
ebanista, lingüista, obstetra, clavadista, en general todas las que
terminan con el sufijo ista, que implica oficio o dedicación. Tenemos
otros cuya denominación no provino del latín –como sí ocurrió con la
mayoría de nuestros vocablos-, lo que complica algún ajuste en el
género, como albañil, derivado del árabe al banná, que significa el
constructor, en donde el prefijo “al” es de uso múltiple. Cosas
veredes Sancho, con esto del idiome…