El tío Lolo

Internada en un hospital, una señora afirmaba –muy convencida- a su
médico que en realidad estaba en la recámara de su casa. Cuando le
preguntaron cómo justificaba la presencia de elevadores, respondió:
“Doctor, ¿sabe cuánto me costó instalarlos?”.

Otra dama aseguraba ser atendida en un edificio de apartamentos
idéntico al suyo, mismos muebles, mismo piso, incluso la misma
dirección, la explicación que dio es que como el gobierno no tenía
dinero para pagar, entonces tuvo que entregarles bienes inmuebles a
los médicos.

Lo dicho por las damas (y por muchas otras personas, cuyos casos están
documentados en “Reduplicative Paramnesia: Not Only One”, o en el
libro de Michael Gazzaniga “¿Quién manda aquí”) es verdad, no se trata
de ajustes conchudos para que la realidad cuadre con una necedad, como
ocurre ahora con las discusiones alrededor del próximo Gobierno
Federal.

La Paramnesia Reduplicativa está relacionada con una lesión en la
parte frontal del cerebro, generada por un tumor o en casos avanzados
de Alzheimer, que provoca la curiosa proyección mental de encontrarse
en un lugar idéntico a uno muy familiar. El sesgo de confirmación es
otro asunto que nada tiene qué ver con una lesión cerebral, sino con
el aferramiento a una creencia, la mayoría de las veces insostenible
ante la clara evidencia.

Algunas personas diagnosticadas con esquizofrenia sobrellevan el
engaño de Capgrás, el síndrome favorito de los escritores porque quien
lo sufre asegura que una persona de su confianza, ha sido suplantada
por otro ser idéntico; en Wikipedia puede conocer una relación de las
historias de ficción creadas.

El efecto de encuadre no es un problema mental, sino una tendencia
acomodaticia en la que tomamos aquello que nos conviene para que
concuerde con nuestra creencia: Si durante seis años criticamos las
frivolidades del Presidente, ahora encontraremos elementos para
justificar que una boda a la que asistió la realeza mexicana, no es un
evento fifí –de presumidos esnobs- porque no involucraba a personas en
funciones gubernamentales.

Quien padece el síndrome Frégoli asegura que diferentes personas son
en realidad una misma que cambia de apariencia o está disfrazada,
mientras que en la correlación ilusoria tendemos a creer que un acto o
una persona, son las responsables del crecimiento de toda una
comunidad (a propósito, Brasil, el parteaguas de las presuntas
bonanzas de los gobiernos de izquierda, está a punto de virar hacia la
extrema derecha; cosas veredes Sancho).

En el engaño de Cotard, la persona cree firmemente estar muerta o en
el menos peor de los casos siente que ha perdido parte de sus órganos
vitales; en la falacia del costo irrecuperable –la madre de todos los
vicios mentales- uno es capaz de sostenerse en su creencia porque ya
ha invertido suficiente tiempo, dinero, esfuerzo como para echarse
para atrás.

Podemos tener la certeza, porque la ciencia lo avala, que aquellos que
sufren una lesión cerebral no le hacen al tío Lolo, pero los otros sí…