La autónoma

En el ranking 2019 de las 500 mejores universidades del mundo, solo tres incluyen la palabra “autónoma” en su nombre, dos españolas y una mexicana, por cierto dos países unidos por el refrán “Dime de qué presumes…”. El resto tiene nombres simples como “Kyoto University”, “University of Oxford”, “Duke University”, “University of Utah”.

Quizá los integrantes de la elite no la usan porque es de mal gusto referir una obviedad (la autonomía de operación es indispensable -conviene leer “Why we must protect university autonomy”- así que cuál es la razón de presumirla) a pesar de que una buena parte de esas instituciones son financiadas en su totalidad con recursos privados. O tal vez porque algunas otras sienten que sería deshonesto ostentar un título que en la práctica no poseen.

Autónomo en latín significa el que se maneja por cuenta propia. La Constitución mexicana avala a las universidades en la fracción VII del artículo 3: “… Tendrán la facultad y la responsabilidad de gobernarse a sí mismas; realizarán sus fines de educar, investigar y difundir la cultura (…) respetando la libertad de cátedra e investigación y de libre examen y discusión de las ideas”.

Aquí en Baja California hubo una época en el que la relación Gobierno-Universidad fue más que evidente. El artículo de Antonio Padilla Corona “La universidad ante el cambio de escenario político estatal y su papel respecto al proyecto federal de modernización educativa, 1987 1991” incluye algunas de las polémicas surgidas a raíz de la presencia rectoral en eventos de apoyo a la candidata del PRI a Gobernador en 1989, un hecho impensable hoy.

Pero una cosa es autonomía y otra muy diferente la independencia. Depender quiere decir estar colgado, por ejemplo del dinero. Ser independiente implica libertad, ausencia de restricciones, algo complicado de lograr sobre todo cuando estás acostumbrado a recibir.

La deuda que el Gobierno tiene con la Universidad ha revelado sin querer el verdadero rostro del sistema educativo superior auspiciado por el erario: La incapacidad para superar retos por cuenta propia, innovando. Lo ideal sería aprovechar esta oportunidad para tropicalizar el modelo educativo, es decir, ajustarlo a la realidad bajacaliforniana, convirtiendo cada Facultad en un centro productivo, generador de recursos propios que sirva de ejemplo para el estudiante, porque esta comunidad requiere sacarle jugo a tanto talento que en el mejor de los casos termina engrosando las filas del empleado dependiente, porque solo el 6% de la población económicamente activa tiene una empresa o un changarro.

Pero no, lo más probable es que al pagarse la deuda las cosas regresen a su normalidad y esto que pudo ser un parteaguas terminará por convertirse en una anécdota.