Por Salvador Camarena

La semana del 16 al 22 de octubre la principal noticia en Twitter, según sondeos en esa red hechos por Roy Campos, de Consulta Mitofsky, fue la caravana de migrantes centroamericanos. La semana previa, según la misma fuente, ese lugar lo ocupó la noticia referente al asesino de mujeres de Ecatepec, y la anterior la nota más mencionada fue sobre el nuevo tratado comercial entre Canadá, Estados Unidos y México.

En segundo lugar en esas tres semanas de octubre las notas tenían que ver con asuntos relacionados a Andrés Manuel López Obrador. En la primera semana del mes en segundo término se habló de la boda de César Yáñez, y en las otras dos semanas el tema de la consulta sobre el nuevo aeropuerto se ha mantenido como la segunda temática con más menciones.

Estos números dan una idea de la capacidad de quien aún no es presidente de la República para posicionar asuntos en la agenda pública. Sólo le han ganado temáticas o bien de gran impacto internacional, o bien de suyo batidoras de niveles de rating o audiencia –ya no digamos por el tratamiento sensacionalista que se le dio en casi todos los medios–, como es el tema del asesino serial de mujeres. Y no faltará quien diga que, independientemente del sondeo de Roy Campos, la percepción es que los temas de AMLO primaron.

Que López Obrador domina el spin mediático no es una novedad para los que recuerdan su periodo como gobernante de Ciudad de México. Cada redacción capitalina tiene sus anécdotas sobre cómo había que combatir la capacidad de alienación del entonces jefe de Gobierno sobre la fuente que lo cubría.

Como Presidente electo ha vuelto a imponerse desde el primer minuto de su victoria, pero nadie debería subestimar lo que pesa la banda presidencial sobre los mexicanos y los medios, y por tanto lo que el primero de diciembre significará. La cobertura y su impacto aumentarán aún más.

Parte de ello es natural, pasa con cualquier mandatario. Sin embargo, la naturaleza confrontativa y avasallante de López Obrador, que no cambió mayormente durante la transición, hace previsible aventurar que la centralidad de los temas que a AMLO le interesen –y por tanto la marginalidad de los que no– puede convertirse en una dura marea que imponga la fuerza de su corriente.

Si hoy, insisto, que no es aún cabeza del Estado mexicano, borra temas importantes como las fosas clandestinas con muertos por decenas que aparecen en Jalisco, ya sea en Tonalá o en Lagos de Moreno, ¿qué será dentro de unas semanas?

La marea de López Obrador, es cierto, arrastra porque hay quien piensa que se le puede ganar en la confrontación directa, sin estrategia, en el día a día, a bote pronto. Pero son pocos los que así le ganan a la marea, hay que salirse de ella lateralmente, no a tontas y locas.

Lo decía mejor en junio pasado Alberto Barrera Tyszka en un artículo que merece ser releído tras la elección. En esa pieza, titulada “México y el fantasma de Hugo Chávez”, minimizaba las posibilidades de que nuestro país termine como Venezuela. Sin embargo, advertía:

“Más poderosa que AMLO como presidente es la sociedad mexicana. Si algo puede aprender de Venezuela es a no repetir sus errores, a no engancharse mediáticamente en un juego narcisista con el nuevo presidente, a no poner a girar al país a su alrededor. Tanto la oposición política como la sociedad civil deben, por el contrario, apoyar y seguir construyendo espacios y relaciones de poder ciudadano, reforzar ese otro país diverso, productivo e independiente, cuya utopía es un gobierno eficaz y decente”.

No todo México, ni lo bueno ni lo malo, debería ser en torno a “AMLO sí” o “AMLO no”. Merecemos no ser arrastrados por la marea.