Por Pablo Hiriart

Hay dos versiones de lo ocurrido el jueves anterior en el Senado: Monreal madrugó al Presidente y sacó un dictamen que quitó la militarización de la Guardia Nacional, o convenció al mandatario de que estaba equivocado y había que incorporar los argumentos de la oposición.

Cualquiera de las dos posibilidades conducen a un hecho irrefutable: el talento de Ricardo Monreal.

Con Monreal se puede disentir y debatir sin que la agresión verbal sea la respuesta ni que tome al otro como su enemigo, lo que en política y en estos tiempos no es poca cosa.

Se puede cuestionar su pasado, los brincos en distintos partidos, pero después de lo ocurrido el jueves ya nadie, de manera objetiva y desapasionada, podrá dudar de su talento.

Es, quizá, el mejor cuadro que dejó ir el PRI después de la ruptura en 1987.

Los hechos, a simple vista, ocurrieron así:

En la conferencia mañanera el Presidente había lanzado amenazas a diestra y siniestra.

Si en el Senado no aprobaban su iniciativa de reformas constitucionales para crear la Guardia Nacional, él exhibiría uno por uno a los senadores que votaran en contra de su proyecto.

Exigía una Guardia militarizada y advertía desde Palacio Nacional:

“No me voy a dejar. Soy perseverante. No voy a echarme para atrás. Ahora resulta que les preocupa la militarización, cuando ellos la aplicaron como estrategia”.

Su propuesta perdió hasta entre sus propios compañeros.

Al día siguiente puso buena cara y aceptó la realidad. Aplastante, por lo demás: 127-0.

Con esos números, alcanzados en la pluralidad, no hay nada que discutir, ni chistar.

Es que mientras desde Palacio Nacional salían amenazas y denuestos, en el Senado trabajaba la política.

Había diálogo. Se escuchaban unos a otros, sin insultos, y llegaron a un acuerdo que se plasmó en un espléndido proyecto, distinto al del Presidente.

La votación fue unánime.

Después del posicionamiento de todos los grupos parlamentarios de la Cámara de Senadores, que dieron cuenta de los pormenores del acuerdo alcanzado, en San Lázaro encendieron las alarmas.

El líder de los diputados de Morena, Mario Delgado, quiso atajar lo que iba a ocurrir en el Senado y advirtió que esa no era la iniciativa que quería el Presidente, votada en la Cámara baja.

Reiteró la postura en favor de la militarización de la Guardia, como establecía la iniciativa que los diputados habían aprobado.

“El modelo que salió de aquí (Cámara de Diputados) era una policía militarizada, dejaba los mejores valores del Ejército como parte de la Guardia”, protestó.

Y anunció también que le harían cambios a lo que votaría el Senado.

Quedará la duda: o Delgado no estaba al tanto de los nuevos acuerdos entre el líder de Morena en el Senado y el presidente López Obrador, o fue un intento fallido para desautorizar a Monreal ante los senadores de su partido.

Pasarán años hasta que sepamos bien a bien lo ocurrido entre el martes, miércoles y jueves 21 de febrero.

Lo que se diga en estos días estará pasado por el tamiz de las conveniencias del momento. Y de momento lo que sirve es que parezca que ganaron todos, porque así es la buena política.

La verdad se conocerá dentro de muchos años. Tal vez cuando AMLO o Monreal escriban sus memorias.

El hecho concreto es que cuando Mario Delgado lanzó la voz de alerta, Monreal y los morenistas del Senado, más PAN, PRI y los demás partidos cruzaron juntos el Rubicón.

La suerte estaba echada: no se permitiría la militarización del país como lo pretendía el proyecto del Presidente.

Viernes por la mañana –el día siguiente de la votación–, López Obrador salió a reconocer el gran esfuerzo político del Senado por llegar a un acuerdo benéfico para el país.

Pidió a los diputados aprobar lo que les llegara de la Cámara de Senadores con todas las enmiendas que cambiaron su iniciativa.

Su propuesta había sido derrotada de manera inapelable.

Pactado o no entre el Presidente y Monreal el cambio del proyecto militarizador, de lo sucedido en el Senado se desprenden grandes lecciones para todos:

En una democracia hay que hacer política con los que piensan distinto.

No sólo hay que pontificar, hay que escuchar.

El que piensa diferente, también puede buscar el bien de México.

Nada se arregla con amenazas y bravuconerías.

Apretar a los gobernadores del PRI no es suficiente para doblegar a los senadores de ese partido, que se dieron a respetar.

Las organizaciones de la sociedad civil también cuentan.

Hay que dialogar, parlamentar, no encerrase en el monólogo.

Y mucho menos insultar y amenazar para que se haga una sola voluntad.

En todos los partidos hay gente talentosa.

Ahora el gobierno ya tiene en sus manos un instrumento legal muy valioso para devolverle la paz al país y proteger la actuación de las Fuerzas Armadas como colaboradoras temporales en tareas de seguridad pública.

De su capacidad va a depender si la Guardia Nacional puede bajar la delincuencia y la criminalidad a niveles razonables.

No hay pretextos para que ello no ocurra.