En el ojo de la xenofobia

De acuerdo con los últimos datos oficiales, corroborados por los organismos de derechos humanos, durante esta semana que concluyó, la caravana de migrantes centroamericanos estacionados en la ciudad de Tijuana, sumaban ya más de ocho mil personas.

La mayoría de ellos hondureños, entre hombres, mujeres y niños, han cruzado el territorio mexicano de sur a norte y durante su recorrido, muchos de los municipios a los que han llegado, tienen similares o peores carencias de las que vienen huyendo.

Estos miles de seres humanos no representan ideologías políticas o pretenden invadir nuestro territorio, no. Simple y sencillamente escudriñan un mejor lugar para vivir. Han arrancado sus raíces de su tierra en su país y buscan donde establecerse, tal y como lo han hecho miles de mexicanos de diferentes estados de la República Mexicana para formar comunidades en los municipios de Baja California.

Aquí el punto es que, al parecer, han sido engañados por quienes lideran las caravanas, porque resulta prácticamente imposible que las autoridades estadounidenses vayan a recibir a todos ellos y mucho menos exista posibilidad de trabajo, para todos, allá en la Unión Americana. Entonces, se encuentran ente la espada y la pared en medio del hambre y del odio.

Esta realidad es la que quizá ha provocado los exabruptos que hemos visto por parte de sectores de la sociedad tijuanense y incluso de alguna de sus autoridades, como el alcalde Juan Manuel Gastelum que reclama apoyo económico para solventar el enorme gasto que representa dar de comer, brindar servicios y atención sanitaria a esta muchedumbre que no vienen a invadir, pero que con su presencia está provocando daños colaterales a los tijuanenses.

¿Un ejemplo? El cierre de las garitas en San Ysidro que irrumpe en el normal movimiento del cruce fronterizo con las consecuencias negativas en el comercio y el turismo, las personas que van y vienen por su trabajo, etc. Las autoridades norteamericanas justifican estas acciones porque no quieren que les pasé lo que ocurrió en la frontera sur de México, cuando los migrantes entraron prácticamente a patadas a nuestro país. A través de mensajes detectados en las redes sociales, los norteamericanos conocen que varios grupos de sudamericanos, pretenden dar un “portazo” en algún punto de la cerca internacional y entrar sin control en territorio estadounidense.

En este escenario vemos a un gobierno federal mexicano omiso, “nadando de muertito”, aceptando responsabilidades, pero sin ofrecer soluciones.

Todo lo anterior ha provocado que el racismo en la sociedad Tijuana se haya socializado y polarizado los sentimientos, pues los hay quienes se inconforman por la presencia de migrantes y quienes lo toleran e incluso aportan alimentos y cobijo a los miles de migrantes.

En conclusión esta es una migración nueva, una que llegó para quedarse y de plano, ni el gobierno que se va, ni el que viene, tienen la visión de conjunto, ni una solución práctica para afrontarlo, mucho menos solucionarlo.Al tiempo.