Por Pablo Hiriart

Jorge Ramos es un entrevistador polémico por su protagonismo –la noticia es él–, y su concepto del periodista como un ángel exterminador de funcionarios.

A diferencia suya, entiendo el papel de los periodistas y de los medios de comunicación –alguien lo dijo, aproximadamente, alguna vez–, como un esfuerzo por contarle y explicarle el país al país, el mundo al país y, de ser posible, el país al mundo y el mundo al mundo.

El entrevistador de Univisión, en cambio, opta por triturar a sus interlocutores con sus palabras y no con las de ellos.

Sin embargo, el viernes pasado en Palacio Nacional, Jorge Ramos no fue protagónico, actuó de manera respetuosa, ejemplar, y fue linchado en forma vil por los seguidores del presidente.

Ramos exhibió que el gobierno tiene una doble contabilidad de los crímenes que se cometen en el país.

Nos explicó que el gobierno usa la contabilidad que le conviene, y que en algo tan delicado como son las muertes violentas, el presidente no está bien informado pese a reunirse todos los días a las seis de la mañana con su gabinete de seguridad.

¿Tanto madrugar para enredarse con las cifras que ve a diario?

Bueno, ese es otro tema.

El caso es que Ramos fue objeto de linchamiento en redes sociales e incluso en medios profesionales, como La Jornada, donde uno de los redactores de la Constitución Moral que engendra el nuevo gobierno para recetarnos a los ciudadanos, Enrique Galván Ochoa, calificó su intervención en la conferencia mañanera como un sketch con fines comerciales.

Llega a tal extremo el fanatismo censor de este redactor de la Constitución Moral, que reprocha en La Jornada que a Ramos lo hayan dejado preguntar en público y que todo “se hubiera evitado si la entrevista con Jorge se hace aparte”.

Muchos fueron los exhibidos con lo que ocurrió el viernes por la mañana en la conferencia en Palacio.

El presidente no soportó que lo hayan expuesto como un desconocedor de la materia que ve a primera hora todos los días, y cobró venganza con una amenaza alarmante.

Ayer lunes, en su conferencia mañanera, le sembraron a un adulador, de larga data entre sus filas, para –en forma de pregunta– insultar a Ramos en cadena nacional. Lo llamó “cirquero” por haberlo “increpado” por la inseguridad en México.

López Obrador, en su respuesta, soltó una amenaza a los periodistas, de la cual deben haber tomado nota la Comisión Nacional de Derechos Humanos y las agrupaciones internacionales que defienden a comunicadores.

Dijo a los que estaban en la rueda de prensa: “ustedes no sólo son buenos periodistas, son prudentes, porque aquí los están viendo y si ustedes se pasan, pues ya saben lo que sucede. Pero no soy yo, es la gente, no es conmigo, es con los ciudadanos”.

De la amenaza verbal del presidente a la violencia física contra periodistas críticos hay un paso pequeño.

Si ustedes se pasan, pues ya saben lo que sucede.

Los van a demoler, es lo que viene a continuación.

El presidente da carta blanca para linchar, que más de alguien entre sus seguidores o subordinados (con o sin uniforme) interpretará como “al ataque cuando se pasen los críticos”.

La vida de los periodistas que investigan al narco siempre está en un hilo. Hay muertos por ello.

Ahora los que critican al presidente también están advertidos. Su integridad física, moral o profesional, corre riesgos.

Y el presidente evadirá la responsabilidad con la coartada de que “no soy yo, es la gente. No es conmigo (con quien se meten), es con los ciudadanos”.

Terrible la amenaza, que viene del propio presidente de la República.

A raíz del episodio del viernes en Palacio, también se exhibieron los ‘sorprendidos’.

Hasta ahora se dan cuenta de que López Obrador es un autoritario y no un demócrata.

Algunos de los ‘sorprendidos’ votaron por él, en julio o 2006, y ahora se dicen preocupados y hasta indignados.

Jamás levantaron la voz cuando otros medios y periodistas eran agredidos por las huestes de López Obrador durante su periodo como jefe de Gobierno.

No hay nada nuevo en el personaje, al cual se le debe respeto porque es presidente de todos nosotros.

Pero eso no le quita uno sólo de sus defectos que venimos señalando desde hace treinta y un años. La intolerancia, por ejemplo.