Por Pablo Hiriart

La invitación a Nicolás Maduro a la toma de posesión del próximo presidente de México no es fruto de la casualidad ni de la “cortesía diplomática” del canciller Ebrard.

En Morena hay una profunda afinidad ideológica con el tirano de Venezuela.

Y el gobierno de Andrés Manuel López Obrador le va a dar una legitimidad que Maduro y su régimen no tienen.

Nadie invita a ese dictador a un evento democrático como el que tendremos. Todos los países le sacan la vuelta para no legitimarlo.

Se le invita, a contracorriente, porque entre Morena y Maduro hay una notable hermandad ideológica.

Hoy, por su infierno en derechos humanos, con elecciones adulteradas y manejadas desde el gobierno, por el encarcelamiento y tortura a líderes de oposición, por el cataclismo económico, el éxodo de su gente y la hambruna de un pueblo rico, Maduro necesita a México.

Pero no lo necesita para democratizarse y devolverle a Venezuela lo que fue, sino para mostrar que tiene un poderoso aliado en el concierto internacional: México.

Recientemente Maduro acusó a personal diplomático mexicano de estar involucrado en un “complot” para matarlo.

Y en respuesta el gobierno de Morena lo invita a México a un evento oficial y profundamente democrático, como es el traspaso de los mandos institucionales del país de un partido a otro.

Los líderes de los dos partidos de la coalición gobernante a partir del 1 de diciembre en nuestro país, Yeidckol Polevnsky y Alberto Anaya, son simpatizantes activos del régimen venezolano.

¿Eso no cuenta? Ahí está una de las razones por las que invitaron a Maduro. Que no lo queramos ver es otra cosa.

Polevnsky tenía, hasta hace muy poco, un blog de apoyo al régimen dictatorial de Chávez y Maduro.

Héctor Díaz Polanco, de la dirección nacional de Morena, dijo en entrevista con Telesur que México se tendría que integrar a la revolución Bolivariana “para profundizar los cambios en el país”.

Apuntó: “digámoslo directo: la integración de México en la revolución Bolivariana. Eso haría a mi juicio una gran diferencia con la situación que tenemos ahora. Necesitamos ampliar esa revolución”.

Otro connotado personaje del próximo oficialismo, Gerardo Fernández Noroña, dijo que en Venezuela la “hambruna y presos políticos, falso. El sistema electoral, el mejor del mundo”.

Pueden alegar que Fernández Noroña es una excepción entre los que llegan el día primero, por su radicalismo.

No es así. Los presidentes de los partidos gobernantes piensan lo mismo.

El gobierno de AMLO invita a Maduro a su toma de posesión.

Es decir, los nuevos dirigentes del país, en relación con el régimen venezolano, caminan como ellos, hablan como ellos, sueñan como ellos y realizan votaciones como ellos.

Si no lo queremos ver, es autoengaño.

Falta que empiecen a gobernar para tener la prueba concreta o el sano desmentido a través de los hechos.

Pero ya han dado muestras claras de que su tendencia es similar a la de los gobernantes venezolanos.

En nombre del pueblo enseñan su autoritarismo y su extravío económico por atavismos ideológicos.

Realizan votaciones groseramente inducidas y les dan valor de una consulta democrática.

“El pueblo no quiere el aeropuerto en Texcoco”. Para atrás.

Y con esa votación, apoyada por menos del uno por ciento de la ciudadanía empadronada, avalan una decisión ideológica sobre la racionalidad económica.

Tiraron a la basura cientos de miles de millones de pesos y un proyecto extraordinario.

¿No es eso autoritarismo ideológico disfrazado de democracia, como sucede en Venezuela?

¿No estamos viendo lo que ellos, próximos gobernantes, entienden por democracia?

Crean una Guardia Nacional similar a la Bolivariana.

Insultan a los medios de comunicación y lo seguirán haciendo mientras no haya sumisión total.

Tratan como enemigos a los empresarios, salvo si éstos se suman a su próximo gobierno.

Aún no empiezan a gobernar y su tendencia e identificación con el chavismo es asombrosa.

Prácticamente todos los días nos dicen, nos gritan, que la culpa de la situación económica y de inseguridad en el país la tiene “el modelo” y lo van a cambiar.

¿Hacemos como que no oímos?

Ese es el contexto en el cual Maduro viene a México la próxima semana.

No es bienvenido ni se trata de una buena señal.