Merecemos una mejor escuela

by linaresvillamild@gmail.com
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Víctor Martínez Ceniceros



Un maestro alemán, de los de antes, registró en su diario personal, la relación de los castigos impuestos a sus alumnos. En 51 años de carrera magisterial, propinó 2 millones 331 mil 181 golpes, ya sea con vara, con bastón, con una regla, golpes en las manos, en las orejas, en la cabeza. La letra con sangre entra, pues.



Merecemos una mejor escuela, una donde las personas, desde los niños, hasta los noveles adultos en las universidades, disfruten el proceso, no una donde actúen condicionados por el miedo. Las innovaciones, las propuestas de mejora, que tanta falta nos hacen como sociedad, fluyen en un ambiente de tranquilidad, libertad, no uno donde la prioridad es ser obediente, sumiso, donde al rebelde, lo relegan, acusándolo de conflictivo, sin darle oportunidad de mostrar sus ideas.



El mejor plan educativo es el que está diseñado, pensando en el beneficio de la sociedad, no sobre la base del qué dirán los políticos, los pedagogos o educólogos. Si bien, aún desconocemos la totalidad del proceso, sobre cómo opera la mente durante el aprendizaje, sí podemos estar seguros que la evolución no nos guio para terminar encerrados en un aula.



Es bueno saber que, muchos de los valores promovidos desde las escuelas, y de los que tantas personas, de las de antes, se sienten tan orgullosos, como la puntualidad, la obediencia a ultranza, la sumisión, confundida con el respeto, no son atributos propios del humano, sino imposiciones culturales.



Es normal que los niños jueguen, griten, algunos más, otros menos, es normal que un adolescente se enoje, o no quiera trabajar en sus tareas, porque esos retos a la autoridad, tan molestos para los adultos, son justo los que lo están preparando para su etapa de adulto. Es normal que el universitario quiera estar de fiesta. Lo que no es normal, es ignorar todo lo anterior, y forzar los procesos educativos.



Por un momento, piense en sus mejores recuerdos escolares, le garantizo que prácticamente todos, están relacionados con el recreo, las travesuras, los momentos felices, y no tiene porqué sentirse culpable de eso. Las clases son aburridas y un buen comienzo para mejorarlas, es aceptar esta realidad.



La escuela que merecemos, debería ser un lugar seguro, el espacio físico en el cual discutamos nuestros problemas, donde el docente oriente, apapache, pero también se dedique a fortalecer los talentos de cada uno, para ponerlos al servicio del prójimo. Sí, la educación debería ser liberadora del alma, no castrante, ni soporífera.

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