Por Rubén Cortés

Es de Ricardo Monreal y de Marcelo Ebrard de los políticos que más se espera, en la 4T, para que hagan de la política el arte de lo posible, en un régimen lleno de secretarios de Estado y colaboradores del presidente sin criterio propio y que se desgastan en luchar por ver cuál aplaude más al jefe.

La secretaria de Energía no trae los datos en el momento de una crisis de más de un centenar de muertos tras la explosión de un ducto, la directora de Conacyt coloca a una diseñadora de modas en su staff, al secretario de Turismo lo obligan a bajar un spot por violar la Constitución.

Aunque de Rocío Nahle, la doctora Álvarez-Buylla Roces, Miguel Torruco y hasta de Octavio Romero, Jiménez Espríu o Josefa González se presagiaba que sólo aportarían fidelidad al gobernante antes que capacidades administrativas para ayudarlo en la toma de decisiones.

Entre el común denominador de la impericia y el inmovilismo de los demás, quien más ha destacado es el hombre del presidente en el Senado, Monreal, uno de los pocos activos de Morena capaz de construir acuerdos y posturas con la oposición que beneficien a su jefe.

Un ejemplo fue hace una semana, con la aprobación unánime del Senado para dar un marco jurídico a la lucha de las fuerzas armadas contra el narcotráfico, tener una Guardia Nacional sin militarización y que el Ejército regrese a sus cuarteles en cinco años.

La reforma constitucional, con voto a favor de 127 senadores presentes (sólo faltó uno) resultó la única votación registrada así en el Senado al menos desde 1997. Y, ayer, en puro trámite, fue aprobada en la Cámara de Diputados, donde ya había pasado, pero sin dejar feliz al presidente.

Con la venia de su jefe, Monreal brilló en los concilios con el llamado G-4 (PRI-PAN-PRD-MC), los grandes opositores al mando militar que pretendía el presidente, así como con organizaciones civiles y la ONU, que tampoco la querían en los términos originales.

En cambio, Ebrard resultó incapaz para sugerir al presidente una pauta novedosa en la crisis política y humanitaria de Venezuela, en la cual México es el único país fuerte del mundo libre que se niega a condenar a la dictadura con una posición que es ni fu ni fa, llamada “neutralidad”.

La oferta que defiende Ebrard es la que en algún momento tuvo su antecesor en el sexenio pasado, Luis Videgaray: “Un diálogo entre las partes”. Pero la oferta de Videgaray fracasó: Maduro la utilizó para ganar tiempo y reprimir a los opositores y afianzarse como tirano.

Una lástima: hombre de mundo, instruido, político transversal en la política doméstica…

Ebrard no ha sabido encontrar la fórmula para sobresalir como canciller.