Por Rubén Cortés

Es un librillo tan antiguo como “todo el poder a los soviets” de Lenin, o “no importa tener la razón, sino la victoria” de Hitler. Pero es igual de viejo que eficaz: ningún autoritarismo se mantiene en el poder sin una especie de Gestapo implantada a través de las ayudas sociales a la gente.

Un manual que domina perfectamente un polémico visitante que viene a la próxima toma de posesión presidencial: Nicolás Maduro, el gobernante de Venezuela, quien copió de China un sistema de espionaje que usa en el Carnet de la Patria, con el cual reparte despensas a sus gobernados.

Una investigación de Angus Berwick, de Reuters, reveló ayer que con el reparto de comida (que hasta hace una semana compraba a empresas mexicanas) Maduro tiene acceso a datos personales, información laboral, presencia en las redes sociales y actuación política de los venezolanos.

Fue idea de Chávez, quien calcó en China el programa comunista de documentos de identidad, que es dirigido por el gigante chino de telecomunicaciones ZTE Corp y mediante computadoras sigue el comportamiento social, político y económico de mil millones de chinos.

En Venezuela, “esa tecnología es empleada en el Carnet de la Patria”, escribe Berwick, y agrega que “la tarjeta muestra cómo China, a través de ZTE, exporta conocimientos tecnológicos que ayudan a los gobiernos de ideas afines a rastrear, recompensar y castigar a los ciudadanos”.

Es imposible instaurar un sistema autoritario sin un control nacional de inteligencia que empiece por vigilar a los críticos. Cuba, por ejemplo, emplea la infalible fórmula de la Stasi de la ex RDA: un ejército de espías que equivalga al 0.5 por ciento de la población.

Y, según el ex comandante de la guerrilla marxista salvadoreña, Joaquín Villalobos, en Venezuela hay más de 50 mil cubanos, entre trabajadores sociales y militares que han organizado los servicios de inteligencia para contrarrestar golpes de Estado y adoctrinan a tropa y oficiales para lograr un cambio ideológico.

Todo ello ha sucedido en Venezuela porque sus ciudadanos se rindieron a la vocinglería del populismo, a la ramplonería de su lenguaje (“burguesía vendepatria”, “oposición escuálida”), al regalo de dinero que mató la iniciativa individual para dejarla a expensas de las dádivas del caudillo.

El resto es coser y cantar: sigue el fortalecimiento de las fuerzas armadas con reclutas jóvenes y escogidos por el nuevo régimen, para que funcionen como quinta columna dentro del ejército “viejo” y vayan ganando posiciones dentro de la estructura castrense.

Eso, a la par de lo que investigó Reuters en Venezuela: el acceso tecnológico a datos personales, información laboral, presencia en las redes sociales y actuación política de los ciudadanos a través de los “programas sociales”.

Y… el poder para siempre.