Por Pablo Hiriart

López Obrador recibió un país económicamente sólido y ya no lo es.

Recibió un país que renegoció de manera soberana un Tratado de Libre Comercio con Donald Trump, y ahora nos convertimos en el patio trasero de Estados Unidos por la amenaza de aranceles.

Descompusieron México sin tener el pretexto de haber heredado una crisis y sin que el mundo atraviese por una turbulencia.

Hemos perdido la confianza de los inversionistas y todos los indicadores económicos apuntan hacia abajo.

Donald Trump le tomó la medida a López Obrador y le impuso condiciones que hasta hace poco consideraba inaceptables.

López Obrador dijo en campaña que convencería al presidente de Estados Unidos para que baje su fobia antiinmigrante, y el que convenció fue Trump a AMLO.

De acuerdo en recuperar el control de nuestra frontera sur, pero aceptar que los solicitantes de asilo en Estados Unidos esperen en México (donde no quieren estar ni trabajar) no es ser un tercer país, sino un patio trasero.

(El acuerdo alcanzado con el gobierno de EU, sin embargo, tiene aspectos positivos, que veremos mañana).

La calificadora Fitch le recortó la nota soberana a México y Moody’s la puso en perspectiva negativa.

Lo que en buen romance dijeron las calificadoras a la comunidad financiera internacional es que, si le van a prestar dinero a México, háganlo con un interés elevado porque el riesgo es alto. Ven mal el futuro económico del país.

Las fanfarrias de que vamos a crecer al 4 por ciento en el sexenio y este año al 2, nadie las cree.

Con el ritmo que traía el país, aunado al desempeño de la economía de Estados Unidos, los especialistas señalan que, sin mover un dedo, la economía de México debió haber crecido entre 3 y 3.2 por ciento en el primer trimestre.

El problema fue que sí movieron un dedo, y lo hicieron mal.

Durante el primer trimestre del año la economía estuvo bajo cero, y de manera anualizada creció 0.1 por ciento, que es igual a nada.

Por la tozudez de llevar a la práctica proyectos irracionales nos bajaron la calificación soberana, y a Petróleos Mexicanos le quitaron el grado de inversión.

Los bonos de Pemex son denominados “basura”, o “chatarra”.

¿No es momento de que el presidente López Obrador admita que está equivocado, porque vamos mal?

Pues no, no lo admite y arremetió nuevamente contra las calificadoras porque no toman en cuenta su lucha contra la corrupción.

Moody’s, que cambió la perspectiva del país a “negativa”, le respondió al Presidente que la corrupción sí es un factor considerado en los análisis, y que México se sostiene porque el gobierno anterior le dejó “una economía sólida”.

¿Cómo hicieron para transformar una economía sólida en otra que cae en picada? Ocurrencias.

Fitch explicó que Pemex registra una inversión insuficiente “en su negocio principal”, que es la extracción de crudo.

El gobierno insiste en gastarse unos 200 mil millones de pesos en la construcción de una refinería con poca viabilidad financiera, en un lugar inapropiado.

Ni siquiera pudieron poner la primera piedra en Dos Bocas por el tipo de terreno, y pretenden instalar ahí una refinería completa. ¿A qué costo va a ser? ¿Para qué?

Las calificadoras ven eso y simplemente le dicen a la comunidad financiera que no se les ocurra prestarle dinero a Pemex. Y si tienen bonos, el gobierno de México se los convirtió en basura y ya no en una inversión.

Por obsesión ideológica, el gobierno de López Obrador se niega a darle la salida que Pemex requiere: regresar a las asociaciones con empresas privadas (farmouts) y reanudar la reforma energética, pues congelaron las subastas.

¿Cuál es la fobia a la inversión extranjera? Todos los estados del país con crecimiento superior al cuatro por ciento por varios años, han mejorado las condiciones de vida de su población. Y da la ‘casualidad’ de que en esos estados hay fuerte inversión extranjera.

La cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional es otra necedad ideológica que alertó a los inversionistas de que México va por mal camino.

Cambiaron las reglas y se desechó un proyecto necesario, de primer nivel, con inversión privada y que se pagaba solo.

Devolvieron el dinero a los inversionistas y les tuvieron que pagar algunos miles de millones de pesos adicionales para que no demanden. Tiraron el dinero y lo siguen tirando.

En lugar del NAIM, militares van a construir y administrar un aeropuerto en Santa Lucía, sin viabilidad técnica, rechazado por las aerolíneas y todos los organismos aeronáuticos prestigiados del mundo. Va a salir más caro hacer algo chiquito y lejos que terminar Texcoco.

Esas ocurrencias han tirado la confianza.

Crece el empleo informal y cae el crecimiento del empleo formal. La industria de la construcción decrece. Las manufacturas también se contraen. El consumo privado cae. La inversión fija bruta (pública y privada) también cae. La confianza de inversionistas y consumidores va para abajo.

Hay desabasto de medicinas. Por primera vez tuvimos desabasto de gasolina (dicen que con el combate al huachicol bajó el robo de combustibles, pero las ventas formales han caído, lo que desmiente tal éxito). Se recorta el presupuesto a hospitales de especialidades. Le bajan el sueldo (de tres mil 600 pesos a mil 800) a los médicos pasantes que atienden más de dos mil comunidades de alta marginación. Le impiden viajar a los científicos sin permiso del Presidente (para ahorrar). Van a quitar los estímulos individuales del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), porque no hay dinero. Tampoco hay dinero para pagar a las enfermeras por honorarios, que trabajan por parte de las universidades en comunidades, y las corren. Despiden a personal capacitado por “austeridad republicana”. Le entregaron las decisiones en educación pública a la CNTE.

En seis meses descompusieron al país.